– Porque ha sido una buena madre para Homer y porque vive lo suficientemente aislada como para estar protegida del despecho y del rencor de las demás.

– Muy bien. ¿Y si en lugar de tratarse de Margaret Kelly fuese Daphne Chornik?

Pati frunció el entrecejo.

– No lo sé. Yo creía leer en Daphne como en un libro abierto, pero hoy me resultó una revelación. Así pues, la verdad es que… no sé que contestarle.

Él asintió.

– ¿Y si la afortunada hubiese sido usted? Después de vivir su depresión y de ver la reacción que tuvieron las Pat-Pat, ¿qué cree que hubiera decidido?

– ¿Sabe que tal vez hubiera roto la autorización de la OSH? No estoy en una mala situación económica, mi marido es un buen hombre y a mi hijo le va muy bien en el colegio, pero francamente, no sé si hubiera podido soportar el dolor de las demás. Hay muchas Daphne Chornik por ahí.

El doctor suspiró.

– Lléveme con Margaret.

– ¡Pero si vino conmigo!

– Claro, quiero decir que me acompañe a la sala de espera y me la presente. Ella no me conoce a mí, la conoce a usted. Por lo tanto, no puede confiar en mí y, en cambio, confía en usted. Sea el puente para que me conozca y pueda confiar en mí.

De todos modos, fue un puente muy corto. El doctor entró en la sala de espera de la mano de Patti Fane y se acercó directamente a la pálida y bonita mujer que aguardaba en la silla del rincón.

– Margaret, querida, éste es el doctor Christian -dijo Patti.

Él tendió sus manos a Margaret sin pronunciar una palabra. Ella las tomó sin pensarlo dos veces y pareció estupefacta al descubrir que esa unión física era un hecho.

– Querida, creo que usted no necesita hablar con nadie -dijo él sonriéndole-. Vuelva a su casa y tenga a su hijo.

Ella se levantó, le devolvió la sonrisa y apretó con fuerza sus manos.

– Lo haré -afirmó.

– ¡Espléndido! -exclamó él, soltándole las manos.

Instantes después había desaparecido.



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