
Patti Fane y Margaret Kelly salieron por la puerta trasera y empezaron a recorrer las dos manzanas que las separaban del cruce de la calle Elm con la carretera 78, por donde pasaban los autobuses. Sin embargo, perdieron por pocos segundos el autobús de North Holloman y no les quedó otro remedio que esperar cinco minutos; en invierno, por lo general, no había que esperar más tiempo.
– ¡Qué hombre tan extraordinario! -comentó Margaret Kelly mientras se guarecía tras una pared de hielo de tres metros de altura.
– ¿Lo has percibido de veras?
– Sí, ha sido como un shock eléctrico.
El doctor Christian volvió en seguida al 1.047, y estaba de nuevo de pie junto a la cocina conversando con su madre cuando entraron sus dos hermanos acompañados de sus esposas, y su hermana.
Mary era la segunda y su única hermana. A los treinta y un años todavía era soltera. Se parecía muchísimo a su madre y, sin embargo, no era nada bonita. «Carece de atractivo -pensó el doctor-, nunca fue atractiva. ¿Será tal vez lo que suele ocurrirles a las chicas que tienen una madre realmente hermosa? Mirar a mamá y mirar luego a Mary es como ver a mamá en un espejo sutilmente distorsionado.» Mary tenía siempre un gesto agrio. Y, sin embargo, en la clínica, donde trabajaba como secretaria, era maravillosamente bondadosa y dulce con los pacientes y nada le resultaba demasiado pesado.
James era el hijo del medio; Mary se libraba de la desventaja que ello suponía por ser la única mujer. Él también se parecía a mamá, pero de una forma opaca y neutra, al igual que Mary. Miriam, su mujer, era una joven enérgica, alegre y pragmática. Se encargaba de la terapia de grupo y era un pilar de fortaleza para la clínica y hacía muy feliz a James.
Andrew era el niño bueno, papel que el hijo menor de la familia encajaba a la perfección. Era muy parecido a mamá, pero muy masculino, rubio como un ángel y duro como una roca. Resultaba extraño que se relegara siempre a un segundo plano.
