
El café y el coñac se servían en la sala de estar, un gran salón que se comunicaba con el comedor a través de una arcada. Se sentaban en semicírculo alrededor de una mesita laqueada en tonos rosados.
Las paredes eran de un blanco satinado; más allá del marco de las ventanas ni siquiera se alcanzaba a ver el alféizar, que había sido retirado para que nadie recordara que por allí, medio año antes, se advertía el espectáculo de la calle. El piso estaba cubierto de baldosas de cerámica y, frente a los sillones, había réplicas sintéticas de alfombras de piel de oveja, pues habían llegado a la conclusión de que con toda el agua que derramaban los domingos, las pieles auténticas correrían el riesgo de pudrirse. Los sofás y sillones estaban tapizados en suaves tonos rosados y verdes, haciendo juego con las mesitas laqueadas.
Había plantas por todos lados, en su mayoría verdes, pero también las había de tonos rojos, rosados y púrpuras. Estaban colocadas sobre pedestales blancos de distintas alturas, caían en cascada o se erguían extendiendo delicadamente sus ramas por doquier. Y cada hoja, palma o zarcillo resplandecían bajo la brillante luz blanca, que entraba a través del cielorraso. En primavera, la casa se convertía en una explosión de flores: los largos tallos de las orquídeas se arqueaban entre los jacintos y los narcisos; había veinte clases diferentes de begonias en flor, ciclámenes, gloxíneas y violetas africanas, una mimosa completamente cubierta de pequeñas bolitas doradas, y por toda la casa se expandía la fragancia de los azahares de los naranjos en flor, de los jazmines y las gardenias. En verano empezaban a florecer los hibiscus, que conservaban la flor a lo largo del otoño y hasta principios del invierno, junto con la buganvilla rosada, que se adhería al enrejado de la pared frontal de la sala de estar. En pleno invierno desaparecían las flores, pero aun así las plantas mantenían su esplendor y sus tonos verdes, como si no sintieran la necesidad de exhibir una gloria mayor.
