– ¿Y fue usted la causante del desastre?

– ¡Oh, no! Mientras les iba explicando esto, todo fue bien, hasta que les conté que la causa de mi depresión fue la carta que recibí de la Oficina del Segundo Hijo, notificándome que no había tenido suerte en el sorteo.

Aunque la estaba observando atentamente, no detectó en ella una verdadera angustia cuando se refirió a esta amarga desilusión. ¡Espléndido! ¡Espléndido!

– ¿Mencionó que yo la estaba tratando?

– ¡Por supuesto! En cuanto les di la noticia, Sylvia Stringman intervino con sus comentarios de siempre. Según ella, es usted un charlatán porque Matt Stringman, el mejor psiquiatra del mundo, asegura que usted es un charlatán. Dice que yo debo estar enamorada de usted, porque, de lo contrario, me daría cuenta de la verdad. En serio, doctor, no sé cuál de los dos es más imbécil, si Sylvia o su marido.


El doctor Christian contuvo una sonrisa y siguió observando a su paciente, que en ese día había vivido su primera prueba de fuego, pues desde que cayera en la depresión, era la primera vez que se había atrevido a asistir a una reunión de las Pat-Pat.

La habían elegido socia de honor de la tribu de las Pat-Pat, si podía definirse de esa manera a ese grupo de mujeres, que tenía más o menos la misma edad; cinco mujeres llamadas Patricia, que eran grandes amigas desde el día en que el destino las reunió en la misma clase de la Escuela Secundaria de Holloman. La confusión resultante fue tan grande que sólo permitieron que la mayor de ellas -Patti Fane, entonces Patti Drew- conservara el típico diminutivo de las Patricias. Y aunque las siete Pat-Pat eran muy distintas de carácter, aspecto físico y antecedentes étnicos, esa casualidad bautismal las unió en un grupo tan estrecho que desde entonces nada consiguió separarlas. Todas continuaron sus estudios en Swarthmore y después todas se casaron con altos ejecutivos o profesores de la Universidad de Chubb. A lo largo de los años continuaron reuniéndose una vez al mes, ofreciendo sus casas por turno para esas reuniones. Y eran tan fuertes los lazos afectivos que las unían, que sus maridos e hijos pasaron a engrosar las filas de las Pat-Pat en calidad de tropas auxiliares y aprendieron a aceptar con resignación la fuerte solidaridad Pat-Pat.



8 из 402