Entonces se oyeron pasos, y pasado un momento el ruido de una puerta al cerrarse. Maggie se quedó donde estaba, sin saber si se habían marchado los dos o sólo uno.

Respiró lo más despacio posible y estaba a punto de darse la vuelta para marcharse cuando oyó que Qadir decía:

– Puede salir, ya se ha ido.

Maggie hizo una mueca, y salió de detrás del poste con las mejillas coloradas de vergüenza.

– No ha sido mi intención escuchar la conversación. Estaba paseando, y de pronto les oí hablar. Casi no he hecho ruido. ¿Cómo sabía que estaba ahí?

Qadir asintió hacia la ventana, en cuyo cristal se reflejaba el balcón.

– La he visto llegar. Pero no pasa nada, mi discusión con el rey es del dominio público. Es una discusión que mis hermanos y yo mantenemos a menudo con él.

– Pero yo no me he puesto a escuchar a propósito.

– Parece empeñada en recalcarlo.

– Es que no quiero que piense de mí que soy una maleducada.

– Pero ya la he contratado. ¿Qué importa lo que piense de usted?

– Es mi jefe, podría despedirme mañana. -Cierto, pero según nuestro contrato, seguiría recibiendo el dinero que acordamos.

Ella tuvo ganas de alzar la mirada al cielo de lo tonta que era la conversación, pero no lo hizo.

– Aunque el dinero es importante, es igualmente importante hacer un buen trabajo. No quiero marcharme hasta que el coche esté terminado, es una cuestión de orgullo.

A lo mejor como era un jeque, y millonario también, no lo entendía. Maggie dudaba de que Qadir se hubiera tenido que esforzar alguna vez para conseguir algo.

– ¿Entonces su padre le buscará una esposa? – preguntó ella.

– Lo intentará. Al final, seré yo el que elija. Puedo negarme a casarme con ella.

– ¿Y cómo es posible que su padre piense que va a acceder a un matrimonio concertado?

Qadir se apoyó contra la barandilla.



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