– La mujer en cuestión entraría a formar parte de la familia real. La nuestra es una estirpe milenaria. Para algunos, los dictados de la historia y el rango importan más que los del corazón.

¿Mil años? A Maggie le costaba imaginárselo; claro que ella se había criado en unas circunstancias bastante modestas, en una típica población mediana de Estados Unidos. En los últimos años, el esquí se había puesto muy de moda, y muchos actores y actrices de cine aparecían todos los inviernos a esquiar, pero ella no tenía contacto con ellos. Ni tampoco habría querido tenerlo. Prefería las personas corrientes a los ricos y famosos, o a los príncipes, por muy apuestos que fueran.

– Debe de tener una fila de mujeres tirándose a sus pies -dijo ella-. ¿No quiere casarse con ninguna?

Qadir arqueó las cejas.

– ¿Entonces, se pone del lado de mi padre en este asunto?

– Usted es un miembro de la familia real. ¿No está obligado también a traer al mundo un heredero?

– Ah, ya veo que es usted una persona práctica -comentó Qadir, cambiando de tema.

– Entiendo lo, que es la lealtad y el deber familiar.

– ¿Y accedería a un matrimonio concertado? Maggie consideró la pregunta.

– No lo sé. Tal vez sí, si me hubiera criado y crecido con esa realidad. Aunque, no puedo saber si me habría gustado o no.

– Qué hija más obediente.

– Pero no a propósito. Quería mucho a mi padre.

Él había sido su única familia. Cuando llegaba a casa, aún pensaba que lo vería, o que oiría sus pasos. Una de las grandes ventajas de ir a El Deharia a hacer ese trabajo, aparte de lo bien que pagaba, sería que podría escapar durante unas semanas de los tristes recuerdos.

Qadir negó con la cabeza.

– Lo siento. Había olvidado su pérdida reciente. No ha sido mi intención hurgar en la Haga.

– No se preocupe. Es algo que llevo dentro, vaya adonde vaya.

Él asintió despacio, como si entendiera lo que suponía perder algo tan valioso.



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