
·Maggie… ¿verdad? -repitió la otra, algo sorprendida.
·-Sí, sí… casi todos los días soy Maggie.
Victoria se echó a reír.
– Bienvenida al palacio. Es un sitio estupendo.
– ¿Hay un mapa?
– No, pero no estaría nada mal. No sabría decirte cuántas veces me he perdido ya. Necesitamos un GPS interno -arrugó la nariz-. ¿Has venido a arreglar un coche?
– Sí, tengo que restaurar un Rolls Royce clásico. -Vaya… Yo no sé nada de coches -dijo Victoria.
Maggie miró el conjunto perfecto que vestía Victoria.
– Ni yo de ropa. Odio salir de compras.
– Yo compro suficiente ropa para dos, de modo que en caso necesario, estás cubierta. Vamos. Te enseñaré el camino.
Victoria esperó mientras Maggie entraba en el dormitorio a por la bolsa.
– El palacio original de El Deharia es del siglo XVIII. Luego, si quieres, puedo enseñarte partes de la antigua muralla. La estructura principal se divide en cuatro cuadrantes, muy parecida al interior de una catedral, pero sin los elementos religiosos. Contiene obras de arte de diversas partes del mundo en exposición permanente. Sólo los cuadros alcanzan un valor de casi un billón de dólares.
Victoria señaló en ese momento un cuadro en la pared.
– Un Renoir de la primera época. Un consejo: no trates de descolgarlo para llevártelo a tu dormitorio a echarle un buen vistazo. Todos los cuadros están protegidos por un sistema de seguridad de tecnología punta. Pero si insistes, se rumorea que te llevan al calabozo y te cortan la cabeza.
– Me alegra saberlo -murmuró Maggie-. No sé mucho de arte, la verdad, pero prefiero seguir así. ¿Cómo sabes tantas cosas del palacio?
– Me gusta leer. Este reino posee mucha historia. Además, si viene algún dignatario extranjero de visita y el personal del palacio se ha marchado ya a casa, a veces me han pedido que les enseñe el palacio.
– ¿Vives aquí… dentro del palacio?
