– En este mismo pasillo, un poco más adelante. Llevo aquí casi dos años -se detuvo junto a la escalera-. Mira qué feo es el bebé de aquel cuadro, pero es la única manera de acordarte de cuáles son tu pasillo y de tu ala del palacio.

– Menos mal que me lo has dicho.

Victoria bajó por unas escaleras, y Maggie la siguió.

– Como vas a vivir aquí, tienes derecho a un montón de cosas buenas, como servicio de lavandería gratuito y acceso a las cocinas. Te advierto que tengas cuidado con la comida, porque si no te cuidas, subirás de peso enseguida. Durante mi primer año aquí, engordé casi siete kilos. Ahora voy a todas partes andando.

Maggie le miró los tacones.

– ¿Con esos zapatos?

– Pues claro, me van con la ropa.

– ¿No te hacen daño a los pies?

– Hasta las cuatro de la tarde, no.

Al llegar al piso de abajo, avanzaron por un pasillo muy largo que llegaba hasta el jardín trasero. Se le parecía a uno por donde había pasado con Qadir el día anterior, pensó Maggie.

– Seguimos con la cocina. Tú llamas y pides lo que quieras, cuando tú quieras. Tienen un menú online, así que si pides de ése, ellos encantados. Todo está delicioso aquí, así que si no quieres ponerte como una vaca, evita los postres -miró a Maggie-. Seguro que eres de esas mujeres que no engordan por mucho que coman.

– En mi trabajo hago mucho ejercicio -reconoció Maggie.

Victoria sacó una llave de un bolsillo de la falda y se la pasó.

– Tienes acceso privado. Impresionante.

Esperó a que Maggie abriera una puerta lateral, y al momento accedieron al enorme garaje. Victoria se quedó un momento a la puerta mientras se encendían las luces automáticas, pero Maggie fue directamente al Rolls.

Victoria se acercó al coche.

– Es… bueno… un coche viejo.

– Es un clásico.

– Y está sucio y un poco destartalado. ¿Puedes arreglarlo?

Maggie asintió, imaginándose ya cómo quedaría el coche cuando terminara.



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