Él esbozó una sonrisa de medio lado, como si el comentario le hubiera hecho gracia, y Maggie decidió aprovechar su buen humor.

– Mire, mi madre murió siendo yo tan sólo un bebé, así que me crié en el taller mecánico con mi padre. Sabía hacer un cambio de aceite cuando aún no había aprendido a leer. Sí, soy una mujer, pero eso no significa nada. He pasado toda mi vida rodeada de coches, y soy un mecánico excepcional. Soy trabajadora, y como soy una mujer no saldré a emborracharme y meterme en líos.

Maggie hizo una pausa, decidida a continuar hasta el final.

– Desde que ha muerto mi padre siento la necesidad de demostrarme a mí misma que puedo hacerlo. Usted es un hombre de mundo, y sabe lo mucho que influye una motivación correcta.

Qadir miró a la mujer que tenía delante y se preguntó si debería dejarse convencer por lo que veía y oía. Si Maggie Collins restauraba coches clásicos con la misma energía con que se explicaba, no tenía por qué preocuparse. ¿Pero una mujer en un taller mecánico? ¡Resultaba muy chocante!

Le tomó la mano y la estudió. Tenía los dedos largos y las uñas cortas; una mano bonita, pero no delicada. Le dio la vuelta y le miró la palma, que tenía varios callos y alguna que otra cicatriz. Eran las manos de alguien que se ganaba la vida trabajando.

– Apriéteme la mano un momento -dijo él mientras se fijaba en sus ojos verde mar-. Vamos, con fuerza.

Maggie frunció el ceño, como si no diera crédito a lo que le decía aquel hombre, pero hizo lo que le dijo y le apretó los dedos con fuerza.

El príncipe se quedó asombrado de la fuerza que tenía en las manos, parecía que esa joven no le había engañado, que era de verdad mecánico.

– ¿Quiere que echemos un pulso también? -preguntó Maggie-. O podíamos hacer un concurso de escupitajos.

El se echó a reír.

– No hará falta -le soltó la mano-. ¿Le gustaría ver el coche?

Maggie no se atrevía a respirar.



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