– Me encantaría -respondió.

Atravesaron el palacio, en dirección al garaje. Por el camino, Qadir señaló algunos de lo salones públicos y algunas piezas antiguas que decoraban el palacio. Maggie se detuvo un momento a admirar un enorme tapiz.

– Madre mía, lo que tardarían en coser todo eso -comentó.

– Sí. Fue confeccionado entre quince mujeres, que tardaron años en terminarlo.

– ¿De verdad? Yo no tendría paciencia para esas cosas. No habría durado ni dos meses; me habría levantado gritando una noche y habría recorrido el palacio con un hacha en la mano.

La imagen de Maggie recorriendo el palacio de esa guisa le pareció divertida. Maggie Collins no era una mujer convencional, y él había conocido a bastantes mujeres como para no ver la diferencia. Aunque era alta y delgada, sus movimientos y su dinamismo no resultaban muy femeninos. Tenía unas facciones muy llamativas, pero no se maquillaba para destacarlas. Tenía el pelo castaño oscuro y bastante largo, ese día se había hecho una trenza que le caía hasta media espalda.

Qadir estaba acostumbrado a que las mujeres se valieran del coqueteo y la insinuación sexual para conseguir lo que querían, pero Maggie Collins no era así, estaba muy claro. El cambio resultaba muy interesante.

– Éste es el primer palacio que visito-dijo ella mientras seguían avanzando por el pasillo.

·¿Y qué le parece?

·Que es precioso, pero un poco demasiado grande para mi gusto.

·¿No sueña con ser una princesa?

Ella se echó a reír.

·Yo no estoy precisamente hecha para ser princesa. Me he criado soñando con coches de carreras, no con caballos. Prefiero ocuparme de una trasmisión problemática que salir de compras.

– ¿Por qué no es piloto de carreras? Algunas mujeres lo hacen.

– Me falta ese instinto competitivo. Me gusta correr; quiero decir, a quién no. Pero no me interesa ganar a cualquier coste. Es un error -señaló un cuenco sumerio que había sobre un pedestal y torció el gesto-. Qué cosa más fea.



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