O de los alrededores.

¿Y por qué? Para recuperar el cuerpo y deshacerse de él.

A lo mejor la cosa se había desarrollado de la siguiente manera: el caballo logra escapar y alguien lo persigue para rematarlo. Pero ese alguien se ve obligado a detenerse porque hay personas en la playa -quizá el pescador matutino- que pueden convertirse en testigos peligrosos. Vuelve atrás e informa al jefe. Este decide que el cadáver ha de recuperarse como sea. Y organiza el numerito del carretón. Pero en cierto momento, él, Montalbano, despierta y le toca los cojones.

Los que habían robado el caballo eran los mismos que lo habían matado.

Sí, tenía que haber ocurrido así.

Y seguramente en la carretera provincial, a la altura de la explanada, había una camioneta preparada para cargar el caballo y el carretón.

No, los extracomunitarios no tenían nada que ver.

Capítulo 2

Galluzzo dejó encima del escritorio del comisario una bolsa grande que contenía la cuerda y otra más pequeña con las colillas.

– ¿Has dicho que eran de dos marcas?

– Sí, señor dottore, Marlboro y Philip Morris con doble filtro.

Eran muy habituales. Montalbano había abrigado la esperanza de que fueran de una marca rara que en Vigàta sólo fumaran como máximo cinco personas.

– Llévatelo todo tú -le indicó a Fazio-. Y guárdalo bien. Nunca se sabe si podrá sernos útil.

– Esperemos -repuso Fazio, no muy convencido.

Entonces pareció que hubieran colocado una bomba de alta potencia detrás de la puerta, la cual, abriéndose de par en par y golpeando violentamente la pared, mostró a Catarella tendido cuan largo era en el suelo, con dos sobres en la mano.

– Li traía el correo -dijo Catarella-. Pero hi resbalado.

Los tres que estaban en el despacho trataron de recuperarse del susto. Se miraron y se entendieron al vuelo. No se les ofrecían más que dos posibilidades. O proceder a una ejecución sumaria de Catarella o hacer como si nada.



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