
– Diles que ha habido una reyerta con varios heridos y que necesitamos identificar a los agresores.
* * *
En cuanto se quedó solo, regresó a casa, se quitó los zapatos y los calcetines, se recogió los pantalones y bajó de nuevo a la playa.
La historia de los extracomunitarios que habían robado el caballo para comérselo no lo convencía en absoluto. ¿Cuánto rato habían estado en la cocina, tomando café y pegando la hebra? Media hora como mucho. ¿Y en media hora los extra-comunitarios habían tenido tiempo de ver el caballo, correr a sus chabolas situadas a tres kilómetros de distancia, conseguir un carretón, volver atrás, cargar el animal y llevárselo?
Imposible.
A no ser que hubieran reparado en el cadáver a primera hora de la mañana, antes de que él abriera la ventana, y después, al regresar con el carretón, lo hubieran visto junto al caballo y se hubieran escondido en las inmediaciones a la espera del momento oportuno.
A unos cincuenta metros, los surcos de las ruedas describían una curva y se dirigían hacia una explanada de cemento plagada de grietas, que el comisario siempre había visto de la misma manera desde su llegada a Marinella. Desde la explanada se accedía fácilmente a la carretera provincial.
«Un momento -se dijo-. Razonemos.»
Cierto que los extracomunitarios habrían podido empujar el carretón mejor y más deprisa por la carretera que sobre la arena. Pero ¿les interesaba que los vieran desde todos los automóviles que circulaban por allí? ¿Y si entre los coches había alguno de la policía o los carabineros?
Seguramente los habrían hecho detenerse para que contestaran a toda una serie de preguntas. Y a lo mejor les caía la orden de repatriación.
No, no eran tan tontos.
¿Pues entonces?
Había otra explicación posible.
Es decir, que quienes habían robado el cadáver no fueran extra sino más que comunitarios, o sea, vigateses.
