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No consiguió recordar nada más por mucho que lo intentó. Abrió los ojos, se levantó y se acercó a la ventana para subir la persiana.
Y lo primero que vio fue un caballo, tumbado inmóvil sobre la arena.
Se extrañó durante unos segundos. Pensó que seguía soñando. Después comprendió que el animal tirado en la playa era real. Pero ¿cómo era posible que aquel caballo hubiese ido a morir delante de su casa? Seguramente al caer habría soltado un débil relincho, suficiente para que él se inventara en su sueño la imagen de la mujer-yegua.
Se asomó para ver mejor. No había ni un alma; el pescador que todas las mañanas salía desde allí con su barquita ya era un punto negro en el horizonte. En la parte dura de la arena, la más cercana al mar, los cascos del caballo habían dejado una hilera de huellas que se perdían en la lejanía, de donde había llegado el animal.
Montalbano se puso a toda prisa los pantalones y la camisa, abrió la cristalera y bajó a la playa desde la galería.
Cuando estuvo cerca del caballo, se sintió asaltado por un arrebato de rabia irreprimible.
– ¡Cabrones!
Estaba todo ensangrentado: le habían partido la cabeza con una barra de hierro, pero todo el cuerpo presentaba señales de un apaleamiento prolongado y feroz; aquí y allá se veían profundas heridas abiertas, trozos de carne colgando. Estaba claro que en determinado momento el caballo, martirizado como estaba, había conseguido escapar a pesar de todo y había galopado a la desesperada hasta no poder más.
Montalbano estaba tan furioso e indignado que, de haber tenido entre sus manos a uno de los que habían matado al animal, le habría proporcionado el mismo final. Se puso a seguir las huellas.
