
De vez en cuando se interrumpían y sobre la arena se veían señales de que la pobre bestia derrengada había doblado las patas delanteras.
Caminó casi tres cuartos de hora y finalmente llegó al lugar donde habían torturado al caballo.
Allí, la arena, a causa de los violentos pisoteos registrados, había formado una especie de pista de circo y estaba marcada por huellas de zapatos superpuestas y por el dibujo de las herraduras. Diseminadas alrededor había también una cuerda larga -la que habían utilizado para sujetar al animal- y tres barras de hierro manchadas de sangre seca. Montalbano empezó a diferenciar las pisadas, lo que no fue tarea fácil. Llegó a la conclusión de que quienes habían matado al caballo eran como máximo cuatro. Pero otros dos habían presenciado el espectáculo en el borde de la pista, fumando de vez en cuando algún cigarrillo.
Volvió sobre sus pasos, entró en casa y llamó a la comisaría.
– ¿Diga? Es la…
– Catarella, soy Montalbano.
– ¡Ah, dottori! ¿Es usía? ¿Qué pasa, dottori?
– ¿Está el dottor Augello?
– Todavía no ha llegado.
– Si está Fazio, déjame hablar con él.
– Ahora enseguidita, dottori.
No pasó ni un minuto.
– Dígame, dottore.
– Oye, Fazio, ven ahora mismo a mi casa de Marinella, y, tráete a Gallo y Galluzzo, si están ahí.
– ¿Ocurre algo?
– Sí.
Dejó abierta la puerta de la casa y dio un largo paseo por la orilla del mar. La bárbara matanza de aquella pobre bestia le había provocado una rabia sorda y violenta. Regresó junto al cadáver. Se sentó sobre la arena para verlo más de cerca. Con la barra de hierro le habían apaleado incluso el vientre, quizá mientras el animal se encabritaba. Después advirtió que una de las herraduras estaba prácticamente desprendida del casco. Se tumbó boca abajo, alargó un brazo y la tocó. Sólo la sujetaba un clavo, hundido en la pezuña hasta la mitad.
