Fazio, Gallo y Galluzzo llegaron en aquel momento, se asomaron a la galería, vieron al comisario y bajaron a la playa. Contemplaron el caballo y no hicieron preguntas.

Fazio se limitó a comentar:

– ¡La de gente asquerosa que hay por el mundo!

– Gallo, ¿puedes traer el coche hasta aquí y después conducirlo por la orilla del mar?

Gallo esbozó una sonrisita de superioridad.

– Claro, lo que usted diga, dottore.

– Galluzzo, ve con él. Tenéis que seguir las huellas del caballo. Advertiréis con claridad dónde fue la matanza. Hay barras de hierro, colillas y quizá otras cosas. Recogedlo todo con cuidado; quiero que se saquen las huellas digitales, el ADN, todo lo que necesitamos para averiguar quiénes son estos canallas.

– ¿Y qué hacemos después? ¿Los denunciamos a la protectora de animales? -preguntó Fazio mientras los otros dos se retiraban.

– ¿Por qué? ¿Acaso piensas que todo este asunto termina aquí?

– No, no es eso. Sólo era una broma.

– Pues a mí no me parece cosa de risa. ¿Por qué lo han hecho?

Fazio adoptó una expresión dubitativa.

– Dottore, puede ser una afrenta al propietario.

– Puede. ¿Y nada más?

– Bueno, hay una cosa más probable. Yo había oído decir…

– ¿Qué?

– Que desde hace algún tiempo se celebran carreras clandestinas en Vigàta, señor.

– ¿Y tú crees que la muerte del caballo puede ser la consecuencia de algo que ocurrió en ese ambiente?

– ¿Qué otra cosa, si no? No tenemos más que esperar la consecuencia de la consecuencia, que se producirá con toda seguridad.

– Pero sería mejor que consiguiéramos evitar la consecuencia, ¿no?

– Pues sí, claro, pero será difícil.

– Bueno, pues empecemos por decir que, antes de matar al caballo, tienen que haberlo robado.

– ¿Está de guasa, dottore? Nadie denunciará el robo de un caballo. Sería como decirnos: «Soy uno de los organizadores de las carreras clandestinas.»



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