
– ¿Es un negocio importante?
– Se habla de millones y millones de euros en apuestas.
– ¿Y quién está detrás?
– Circula el nombre de Michilino Prestia.
– ¿Quién es?
– Un pobre imbécil de unos cincuenta años, dottore. Hasta el año pasado trabajaba como contable en una empresa del sector de la construcción.
– Pero esto no parece propio de un pobre contable imbécil.
– Por supuesto, dottore. De hecho, Prestia es un testaferro.
– ¿De quién?
– No se sabe.
– Deberías averiguarlo.
– Lo intentaré.
* * *
Nada más entrar en la casa, Fazio se dirigió a la cocina para preparar café, y Montalbano llamó al ayuntamiento para avisar que en la playa de Marinella había un caballo muerto.
– ¿Es suyo el caballo?
– No.
– Hablemos claro, distinguido señor.
– ¿Por qué? ¿Cómo estoy hablando? ¿Oscuro?
– No; es que algunos dicen que el animal muerto no es de su propiedad para no pagar la tasa de la retirada.
– Le he dicho que no es mío.
– Pongamos que es verdad. ¿Sabe de quién es?
– No.
– Pongamos que es verdad. ¿Sabe de qué ha muerto?
Montalbano se lo jugó a pares y nones y decidió no contarle nada al empleado.
– No lo sé. He visto el cadáver desde mi ventana.
– O sea, que no ha sido testigo de su muerte.
– Evidentemente.
– Pongamos que es verdad. -Y entonces se puso a canturreáis-: «Tú, que a Dios desplegaste las alas.»
¿Canto fúnebre para el caballo? ¿Amable homenaje de la administración municipal como participación en el duelo?
– ¿Y bien? -dijo Montalbano.
– Estaba pensando -contestó el funcionario.
– ¿Qué es lo que hay que pensar?
– A quién corresponde la retirada del cadáver.
– ¿No les corresponde a ustedes?
