
– Nos correspondería a nosotros si se trata de un artículo once, pero si, por el contrario, se trata de un artículo veintitrés, entonces corresponde al departamento provincial de higiene.
– Oiga, puesto que hasta ahora me ha creído, siga creyéndome, se lo ruego. Le aseguro que, como no se lo lleven dentro de un cuarto de hora, yo les…
– Pero ¿usted quién es, si no le importa?
– Soy el comisario Montalbano.
El tono del empleado cambió de golpe.
– Seguramente es un artículo once, comisario.
A Montalbano le entraron ganas de chulear.
– ¿O sea, que les corresponde a ustedes retirarlo?
– Claro.
– ¿Está seguro?
El hombre se puso nervioso.
– ¿Por qué me pregunta si…?
– No quisiera que los del departamento de higiene se lo tomaran a mal. Ya sabe usted cómo son estas historias de las competencias… Lo digo por usted; no quisiera que…
– No se preocupe, comisario. Es un artículo once. Dentro de media hora irá alguien, quédese tranquilo. Con mis respetos.
* * *
Tomaron el café en la cocina mientras esperaban el regreso de Gallo y Galluzzo. Después el comisario se duchó, se afeitó y se cambió los pantalones y la camisa, que se le habían ensuciado. Cuando regresó al comedor, vio que Fazio estaba en la galería hablando con dos hombres vestidos como un par de astronautas que acabaran de bajar de una pequeña nave espacial.
En la playa había una furgoneta Fiat Fiorino con las puertas posteriores cerradas. El caballo no se veía por ninguna parte; seguramente ya lo habrían cargado.
– Dottore, ¿podría venir un momento? -preguntó Fazio.
– Aquí me tienes. Buenos días.
– Buenos días -contestó uno de los dos astronautas.
El otro se limitó a mirarlo de con mala cara por encima de la mascarilla.
– No encuentran el cadáver -dijo Fazio perplejo.
– ¿Cómo que no…? -replicó Montalbano, sorprendido-. ¡Pero si estaba aquí delante!
