– Hemos mirado por todas partes y no está -expuso el más sociable de los astronautas.

– ¿Qué ha sido, una broma? ¿Tienen ganas de divertirse? -preguntó amenazadoramente el otro.

– Aquí nadie gasta bromas -contestó Fazio, a quien estaban empezando a tocarle los cojones-. Y ten cuidado con lo que dices.

El hombre abrió la boca para contestar, pero se lo pensó mejor y volvió a cerrarla.

Montalbano bajó de la galería y fue a mirar donde antes estaba el caballo. Fazio lo siguió.

Ahora se veían sobre la arena unas cinco o seis huellas distintas de zapatos y los dos surcos paralelos de las ruedas de un carro.

Entretanto, los dos astronautas subieron a la furgoneta y se fueron sin despedirse.

– Se lo han llevado mientras tomábamos el café -dijo el comisario-. Lo han cargado en un carretón de mano.

– Por la parte de Montereale, a unos tres kilómetros de aquí, hay una decena de chabolas de extracomunitarios -dijo Fazio-. Esta noche celebrarán una fiesta y comerán carne de caballo.

En ese momento vieron regresar su propio automóvil.

– Hemos recogido todo lo que hemos encontrado -dijo Galluzzo.

– ¿Y qué habéis encontrado?

– Tres barras de hierro, un trozo de cuerda, once colillas de cigarrillos de dos marcas distintas y un encendedor Bic sin gas.

– Vamos a hacer una cosa. Tú, Gallo, ve a la Científica y entrégales las barras y el encendedor. Galluzzo, coge la cuerda y las colillas y me las llevas al despacho. Gracias por todo, nos vemos en comisaría. Tengo que hacer un par de llamadas personales.

Gallo pareció dudar.

– ¿Qué pasa? -preguntó el comisario.

– ¿Qué tengo que pedirles a los de la Científica?

– Que saquen las huellas digitales.

Gallo pareció dudar todavía más.

– Y si me preguntan qué ha ocurrido, ¿qué les digo? ¿Que estamos investigando el asesinato de un caballo? ¡Me echarán a patadas en el culo!



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