Cuando llegaba a la recepción encontraba al Carajillo ya despierto y las ventanas abiertas para airear el cuarto. Volvíamos a sentarnos en la banca de la entrada, levantábamos la barrera y hablábamos, generalmente del tiempo. Nublado, bochornoso, templado, con brisas, cubierto, lluvioso, soleado, caluroso… Al Carajillo, nunca supe el porqué, el tiempo le preocupaba sobremanera. Por las noches no. Por las noches su tema de conversación preferido era la guerra, mejor dicho, los últimos años de la Guerra Civil. La historia, con algunas variantes, siempre era la misma: un grupo de soldados del Ejército Republicano, armado con bombas de mano, avanzaba hacia una formación de carros blindados; los carros ametrallaban a los soldados; éstos se echaban al suelo y tras unos instantes volvían a avanzar; otra vez los carros rociaban al pelotón con fuego de ametralladora; nuevamente los soldados al suelo y tras un instante nuevamente hacia adelante; a la cuarta o quinta repetición se añadía un elemento nuevo y terrorífico: los carros, hasta entonces inmóviles, avanzaban hacia los soldados. Dos de cada tres veces, llegado a este punto, el Carajillo se ponía rojo, como si se ahogara, y soltaba las lágrimas. ¿Qué ocurría entonces? Algunos soldados daban media vuelta y echaban a correr, otros seguían avanzando al encuentro de los carros, los más caían entre gritos y maldiciones. Eso era todo. A veces la historia se prolongaba un pelín más y yo podía ver uno o dos carros ardiendo entre los muertos y la confusión. Cagados de miedo, siempre hacia adelante. Cagados de miedo, piernas para qué las quiero. Nunca quedó claro en qué grupo había estado el Carajillo, nunca se lo pregunté. Tal vez todo fuera una invención, no hubo muchos carros blindados en la Guerra Civil Española. En Barcelona conocí a un viejo carnicero, en el Mercado de la Boquería, que juraba haber estado en una trinchera a menos de dos metros del Mariscal Tito. No era un mentiroso, pero hasta donde sé Tito nunca estuvo en España.


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