
¿Cómo demonios apareció, entonces, en sus recuerdos? Misterio. Tras enjugarse las lágrimas el Carajillo seguía bebiendo como si nada o me proponía una partida de chinos. Con la práctica me convertí en un experto. Tres con las tuyas, tres con las que tienes, dos y una tuya tres, una y las que tienes tres, las tres mías, las tres tuyas, las tres del tuerto, tres y no se hable más. Nunca faltaban clientes trasnochados, barceloneses que no podían dormir en medio de tanto silencio o jubilados que veraneaban tres meses con las mujeres de sus hijos, que se unían a la partida. ¡Los amigos del Carajillo! Otras veces, cansado de estar en la recepción, mataba las horas en el bar del camping. Allí, en la terraza, se daban cita seres estrafalarios y difusos, como salidos de un sueño. Era otro tipo de tertulia, la tertulia de los muertos vivientes de George Romero. Entre la una y las dos de la mañana el encargado del bar cerraba las puertas y apagaba las luces. Antes de coger su coche y marcharse rogaba que dejaran los vasos y botellas en una mesa determinada de la terraza. Nunca nadie le hizo caso. Las últimas en irse eran dos mujeres. Mejor dicho, una mujer ya mayor y una muchacha. Una hablaba y se reía como si en ello le fuera la vida; la otra, con un aire ausente, escuchaba. Las dos parecían enfermas…
Enric Rosquelles: Sé que cuanto diga sólo contribuirá a hundirme
SÉ QUE CUANTO DIGA sólo contribuirá a hundirme un poco más, no obstante permitidme hablar. No soy un monstruo, tampoco el personaje cínico ni el ser sin escrúpulos que habéis pintado con tan vivos colores. Mi apariencia física, acaso, os haga reír. No importa. Hubo un tiempo en que hacía temblar a la gente. Soy gordo y no mido más de un metro sesenta y tres y soy catalán. También: soy socialista y creo en el porvenir. O creía. Perdonadme. No estoy pasando unos días muy gratos que digamos. Creía en el trabajo… y en la justicia… y en el progreso.