Los primeros días intenté no dormir. Luego seguí el ejemplo del Carajillo. Ambos nos encerrábamos en la recepción, apagábamos las luces y nos acomodábamos en sendos sillones de cuero. La recepción del Stella Maris era una caja prefabricada; con dos paredes de cristal, la que daba a la entrada y la que daba a la piscina, por lo que era fácil mantener desde dentro una vigilancia más o menos efectiva. Frecuentemente se iba la luz en todo el camping y yo era el encargado de meterme en el Gran Plomo y solucionarlo mediante una acción carente de peligro, aunque en la casucha de los fusibles había que andar de lado, intentando no tocar alguno de los muchos cables sueltos. También había arañas e insectos de todas las clases. ¡El zumbido de la electricidad! Los usuarios, a quienes el apagón había interrumpido un programa de televisión, aplaudían cuando finalmente volvía la luz. En ocasiones, no muchas, aparecía la Guardia Civil. El Carajillo era quien los atendía, les celebraba las bromas, los invitaba a bajar del coche, cosa que por otra parte nunca hacían. Se decía que en el bar del Stella Maris bebían gratis, pero nunca los vi pasar. Otras veces aparecía la policía. La nacional y la municipal. Visitas de rutina. Por suerte a mí ni las buenas noches me daban. O bien cuando llegaban yo encontraba motivos para hacer una ronda por el interior del camping. Recuerdo que una noche llegó la Guardia Civil buscando a dos mujeres de Zaragoza que habían entrado aquel mismo día. Dijimos que no estaban. Cuando se marcharon el Carajillo me miró y dijo: pobres chicas, dejémoslas dormir en paz. A mí me daba igual. La noche siguiente ya no estaban; el Carajillo les avisó y se largaron a toda prisa. No pedí explicaciones. Por las mañanas, cuando empezaba a amanecer, me iba a la playa. Es la mejor hora, la arena está limpia, como recién peinada, y no hay turistas, sólo botes de pesca recogiendo las redes. Me quitaba la ropa, nadaba y volvía al camping saltando por las cañas.


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