¡Todos gritaban y aplaudían! ¡Mequetrefes de diez años silbando y dando hurras por Nuria! Nunca vi nada semejante. La explicación, obviamente, no era una afición generalizada y repentina por el patinaje artístico, deporte minoritario, como todos saben. Algunos niños, sobre todo algunas niñas, habían seguido la retransmisión televisiva del evento y por supuesto habían visto patinar a Nuria. Para unas pocas, Nuria era un ídolo. La mayoría, sin embargo, aplaudía imantada por su fama y su belleza. Porque allí, frente a mí, estaba la mujer más hermosa que jamás hubiera visto. ¡La más hermosa que jamás veré! Los niños no suelen equivocarse, dicen. Yo, como psicólogo y como funcionario, nunca lo he creído. Esta vez tenían razón. Todos los adjetivos del mundo cuadraban a la figura luminosa de Nuria. ¿Cómo había podido trabajar tantos años en Z sin haberla conocido? La única explicación que encuentro es que yo no vivía en Z y Nuria, hasta entonces, había pasado largas temporadas fuera, con una beca del Comité Olímpico Español. Durante los días que siguieron a esta, concededme que la llame así, sublime aparición, me dediqué, casi sin darme cuenta, a buscar el pretexto que permitiera, si no nuestra amistad, al menos la posibilidad de saludarnos, tal vez charlar un poco, cuando nos encontráramos por la calle. Para tal fin inventé en el Departamento de Ferias y Fiestas una plaza de Reina de la Exposición Anual de Productos Lácteos y de la Huerta, una idea que inicialmente causó estupor en el comité de payeses que comercializaban los stands pero que después de un par de explicaciones fue acogida con entusiasmo. De la misma manera sugerí que no había nadie con mayor propiedad para encarnar a la Reina de la Exposición que Nuria, nuestra patinadora internacional. Un papel protocolario y decorativo.


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