
Algunas palabras en la inauguración y punto. Todos quedaron encantados y acto seguido pasé a la parte más difícil del asunto, conseguir que ella, a partir de aquel pretexto, accediese a mirarme, a reconocerme… Demás está decir que el destino de la exposición no me importaba en lo más mínimo; mi corazón por primera vez se imponía a mi cerebro y yo lo seguía obediente y entusiasta. Esto sucedió en primavera, según creo, y en ningún momento dejé de presentir que me encaminaba hacia el abismo y la ruina, pero no me importó. Si lo menciono es simplemente para no dar una imagen distorsionada de mi lucidez. Tampoco ahora me importa. El Coordinador de Ferias y Fiestas fue el encargado de ofrecerle la corona, y tal como había previsto, Nuria la rechazó. Entre otras cosas el Coordinador me informó que la fecha de su reintegración en el equipo español de patinaje estaba próxima. No había, pues, tiempo que perder. Tenía un motivo válido para interesarme en ella y aquel mismo día la llamé y sin más dilaciones concertamos una cita en un local del casco antiguo de Z. Por supuesto no logré convencerla, ni era ése mi propósito, que fuera reina, pero conseguí, al final, que aceptara una invitación para cenar conmigo aquella semana. Así comenzó todo. Nunca supe si hubo reina esa primavera. Después de la primera cena las siguientes se sucedieron a un ritmo endemoniado. Comencé a relacionarme con la gente que ella alternaba y poco a poco mis hábitos sociales fueron cambiando. Cada vez eran más frecuentes nuestros encuentros casuales. Cada vez más dichosos. Debo reconocer que hubiera seguido así el resto de mi vida, pero nada es duradero. A medida que nuestra amistad se fue haciendo más profunda comencé a percibir con mayor nitidez los problemas de Nuria; problemas que, vistos con una cierta óptica, no eran tales, pero que su temperamento artístico desorbitaba de inmediato. No mencionaré aquí los cientos de pequeños baches que la vida empezó a poner por aquellas fechas en su camino.