Sólo recordaré los dos que me parecen más significativos. El primero me fue revelado una noche tras una agradable cena en compañía de buenos amigos, algunos de los cuales se entretienen ahora escupiendo mi rostro. Al marcharnos Nuria me ordenó que fuera rumbo a las calas en lugar de ir directamente hacia su casa. En la más alejada, en la cala de San Belisario, se puso a hablar, de forma entrecortada y caprichosa, acerca de una historia de amor entre ella y un caballerete al que no conocía. Deduje que habían sido novios. Deduje que ya no lo eran. Pude notar su dolor y extrañeza. Menos mal que dentro del coche estaba oscuro pues de lo contrario ella hubiera leído en mi rostro desencajado la profunda incredulidad, la aversión, incluso, por la existencia de un hombre capaz de dejarla. En cualquier caso puedo decir que con esa confidencia, que a ella atormentaba, yo me gradué como amigo íntimo. ¿Qué palabras dije de consuelo? Olvídalo. Insistí una y otra vez en que lo olvidara y se dedicara en cuerpo y alma a lo suyo, al patinaje. El segundo problema estaba relacionado precisamente con el patinaje. Sucedió unos diez días después de que Nuria se marchara de Z. El equipo español se había concentrado en jaca, en un centro de alto rendimiento a medio construir, y desde allí recibí una llamada telefónica a las doce de la noche de una Nuria hecha un mar de lágrimas. ¡Le habían quitado la beca! ¡Se habían reunido en jaca todos los miserables y habían procedido a dar, renovar y quitar becas! Ciertamente no fue Nuria la única en sufrir aquella encerrona. En pocas horas quedaron sin trabajo dos entrenadores nórdicos y uno húngaro, amén de varios nacionales, y sin becas casi todos los patinadores mayores de 19 años. Las excepciones, según ella, eran dignas de toda sospecha. La noticia, al día siguiente, aparecía en el interior de los periódicos deportivos, a una sola columna, en las secciones dedicadas a deportes de invierno, y no merecía la atención de los periódicos nacionales.


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