Pero para Nuria aquello fue un golpe muy duro. La política de la Federación Española de Patinaje era renovarse o morir, algo común en nuestro país y generalmente sin mayor trascendencia. Todos estamos acostumbrados a morirnos cada cierto tiempo y tan poco a poco que la verdad es que cada día estamos más vivos. Infinitamente viejos e infinitamente vivos. En el caso de Nuria, ésta quedaba apartada del equipo nacional, no así de su federación autonómica, en cuyas instalaciones podía seguir entrenando y compitiendo. Su moral de deportista de élite, como es fácil suponer, quedó debilitada. Demás está decir que en la nueva selección de patinaje artístico no tenía cabida aunque, según sus palabras, era superior a las dos niñas que ahora compartían el liderato. Poco después pude averiguar, leyendo periódicos y telefoneando a algunos amigos periodistas de Gerona, que la mayoría de los patinadores catalanes había corrido la misma suerte. ¿Era un caso de postergación centralista? No lo sé, ni me importa, a esas alturas de mi vida sólo tenía sentido aquello que hacía feliz e infeliz a Nuria. La nueva situación, de alguna manera, me era favorable, pues al carecer de beca ella debería vivir de forma estable en Z. Pero el amor no es egoísta, lo descubrí no hace mucho, y el vacío de Nuria, su readaptación dolorosa a un mundo donde ya no habría viajes al extranjero, si acaso un viaje en tren dos veces por semana a la pista de hielo de Barcelona, consiguió hacerme sangrar el corazón. Cuando regresó a Z tuvimos varias conversaciones, a veces en mi oficina durante horas de trabajo (ella era la única que podía llegar e interrumpirme a la hora que quisiera; ella y Pilar, claro) y otras veces en el puerto de los pescadores, apoyados en viejos botes que ya nadie usaba y que olían, curiosamente, a cremas faciales, hablando siempre de lo mismo: el nepotismo de los dirigentes deportivos, la injusticia cometida con ella, su talento que se evaporaría con el paso de los meses. ¿Os preguntaréis cómo fuimos capaces de darle vueltas a lo mismo, una nimiedad al fin y al cabo, con tantas cosas importantes y tal vez agradables que teníamos para decirnos? Nuria era así, monotemática: cuando tropezaba con algo que no entendía lo golpeaba repetidas veces con su cabecita rubia hasta que le salía sangre.


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