No me pidan que hable con mesura y distanciamiento, al fin y al cabo este es mi pueblo y aunque ahora tal vez deba marcharme, no quiero hacerlo dejando tras de mí un cúmulo de equívocos y de engaños. No soy, como se ha venido diciendo, el hombre de paja de un narcotraficante colombiano, no pertenezco a ninguna mafia latinoamericana de tratantes de blancas, no estoy relacionado con la variante brasileña de la disciplina inglesa, aunque, lo confieso, no me disgustaría que así fuera. Sólo soy un hombre que ha tenido mucha suerte, y también soy, o era, un escritor. Llegué a este pueblo hace años, en una época de mi vida que me parecía oscura y mediocre. Para qué hablar de entonces. Baste con decir que había trabajado de vendedor ambulante en Lourdes, Pamplona, Zaragozay Barcelona, y que tenía unos ahorros. Pude haberme establecido en cualquier parte, la casualidad quiso que lo hiciera en Z. Con el dinero ahorrado alquilé un local que transformé en tienda de bisutería, el sitio más barato que pude encontrar y que consumió hasta mi última peseta. Pronto me di cuenta que debido a mis constantes viajes a Barcelona en busca de género, que por otra parte compraba en cantidades irrisorias, iba a ser imposible llevar el negocio sin ayuda y tuve que buscar un empleado. Precisamente en uno de estos viajes encontré a Alex Bobadilla. Yo volvía en el tren de la tarde con cuatro mil pesetas en bisutería y él leía con embeleso la Guía del Trotamundos; a su lado, en un asiento vacío, había una mochila pequeña y vieja de la que asomaba un voluminoso paquete de cacahuetes. Alex comía y leía, nada más; parecía un monje budista que hubiera decidido hacerse boy-scout, o viceversa; también parecía un mono. Después de observarlo con atención le pregunté si se dirigía al extranjero. Respondió que eso pensaba hacer cuando acabara el verano, en septiembre u octubre, pero que antes debía encontrar un trabajo. Se lo ofrecí de inmediato.


18 из 153