
Así fue como empezó nuestra ascensión en los negocios y nuestra amistad. El primer año, Alex y yo dormimos en la misma tienda, en el suelo, junto a las mesas donde durante el día exhibíamos collares y pendientes. Al terminar la temporada, en septiembre, el balance era óptimo. Pude haber guardado el dinero, conseguir un piso decente o marcharme de Z, pero lo que hice fue alquilar un bar que por causas desconocidas había quebrado. Ese bar es el Cartago. Cerré la tienda y durante el invierno trabajé en el bar. Alex permaneció conmigo, ausentándose sólo un fin de semana en que fue a visitar a sus padres, dos ancianos muy simpáticos, jubilados, que dedican su tiempo libre a cuidar el huerto que tienen en Badalona y que suelen venir a Z una vez al mes; la verdad es que más parecen sus abuelos que sus padres. Aquel invierno convertimos la tienda en nuestra casa, es decir allí teníamos nuestras colchonetas y sacos de dormir, nuestros libros (aunque nunca vi a Alex leer otra cosa que no fuera la Guía del Trotamundos) y nuestra ropa. El Cartago nos dio de comer y para el verano siguiente teníamos dos negocios funcionando. La tienda de bisutería, ya consolidada, dio dinero, pero el bar dio mucho más. Mi segundo verano en Z fue estupendo, todo el mundo quería vivir sin reservas sus quince días o su semana de felicidad, como si la Tercera Guerra Mundial estuviera por comenzar. Al finalizar la temporada alquilé otra tienda de bisutería, esta vez en Y, a pocos kilómetros de Z, y también me casé, pero de esto hablaré más adelante. La temporada siguiente no desmereció de las anteriores y pude poner un pie en X, un poco más al sur de Y, pero lo suficientemente cerca de Z como para que Alex controlara diariamente el movimiento de caja. Tres temporadas después ya estaba divorciado, y para entonces teníamos a pleno rendimiento, además del bar y las tiendas, un camping, un hotel, y otros dos locales en donde alternaba la venta de bisutería con los souvenirs y los potingues para la playa.