
Gaspar Heredia: A veces, cuando me asomaba a las rejas del camping
A VECES, CUANDO ME ASOMABA a las rejas del camping, de madrugada, lo veía salir de la discoteca del otro lado de la calle, borracho y solo, o con gente que yo no conocía, ni él tampoco a juzgar por su actitud ensimismada, por sus gestos de astronauta o de náufrago. Una vez lo vi en compañía de una rubia y esa fue la única ocasión en que me pareció alegre, la rubia era hermosa y ambos daban la impresión de ser los últimos en abandonar la discoteca. Las pocas veces que me vio nos saludamos levantando las manos y eso fue todo. La calle es ancha y a esa hora suele tener un aire espectral, las aceras llenas de papeles, restos de comida, latas vacías y vidrios rotos. De tramo en tramo uno encuentra borrachos que peregrinan hacia sus respectivos hoteles y campings, y que terminan, los más, perdidos durmiendo en la playa. Una vez Remo atravesó la calle y me preguntó por entre las rejas si el trabajo iba bien. Dije que sí y nos dimos las buenas noches. No hablábamos mucho, él casi no aparecía por el camping. Era Bobadilla el que venía cada tarde, antes de que empezara mi turno, y se quedaba un rato mirando los libros y los ficheros. Con Bobadilla nunca llegué a intimar, cada quince días recibía mi paga y allí terminaba nuestro trato, un trato cortés, eso sí. Remo y Bobadilla, éste en menor grado, eran apreciados por sus empleados: pagaban bien y sabían mostrarse comprensivos si alguna vez surgía un problema. Los recepcionistas, una chica de Z y un peruano que también era el electricista, y las tres mujeres de la limpieza, entre las que había una senegalesa que sólo sabía decir en español hola y adiós, trabajaban, dentro de lo que cabe, en un ambiente distendido que incluso propiciaba los romances: el peruano y la recepcionista tenían un asunto amoroso.
