
En cualquier caso los problemas entre empleados y patronos eran mínimos y los problemas entre empleados no existían. Una de las posibles causas de esta armonía podía ser lo atípico del grupo que allí laborábamos: tres extranjeros sin permiso de trabajo y tres españoles viejos a los que ya no querían en ningún sitio, y el cupo quedaba casi completo. Ignoro si en el resto de los negocios de Remo las plantillas tenían características similares, supongo que no. De las mujeres de la limpieza sólo Miriam, la senegalesa, dormía fuera del camping. Las otras dos, Rosa y Azucena, eran del cinturón de Barcelona y dormían en una tienda familiar de dos habitaciones cerca del lavabo principal. Hermanas y viudas, complementaban su jornal con limpiezas a domicilio a cargo de una agencia de alquiler de pisos. Aquel era el primer verano que estaban en el Stella Maris; el año anterior habían trabajado para otro camping de Z del que fueron despedidas a causa de su pluriempleo que en ocasiones las obligaba a ausentarse cuando más se las necesitaba. Pese a que cada una trabajaba un promedio de 15 horas diarias aún les sobraba tiempo, por las noches, para tomarse unas copitas a la luz de una bombilla de butano, sentadas en sillas de plástico a la puerta de su tienda mientras espantaban mosquitos y conversaban de sus cosas. Básicamente de lo guarros que son los seres humanos. La mierda, maleable, casi un lenguaje que intentaban vanamente desenmarañar, se hallaba presente en todas sus sobremesas nocturnas. Por ellas supe que la gente se cagaba en las duchas, en el suelo, a ambos lados de la taza del retrete y en el bordillo de ésta, operación de equilibrio preciso, no exenta de cierto virtuosismo sencillo y
profundo.