
Los usuarios eran familias de trabajadores procedentes de Barcelona y jóvenes obreros de Francia, Holanda, Italia, Alemania. La mezcla, en ocasiones, resultaba explosiva y lo hubiera sido si desde la primera noche no hubiera puesto en práctica el consejo de oro que me dio el Carajillo y que consistía en dejar que la gente se matara. La crudeza del aserto, que al principio me produjo hilaridad y luego asombro, no entrañaba una falta de respeto por los clientes del Stella Maris, al contrario, implicaba un alto grado de estima por el libre albedrío de éstos. El Carajillo, como pronto pude comprobar, era querido por la gente, sobre todo por los españoles y por alguna que otra familia extranjera que año tras año veraneaban en Z, y que en la única y prolongada ronda que el Carajillo daba por el camping no hacían más que invitarlo a entrar en sus roulottes o tiendas en donde siempre había una copita, un trozo de tarta, una revistita pornográfica para no aburrirse por las noches. ¡Aburrirse por las noches! Era imposible. A las tres de la mañana el viejo estaba más borracho que una cuba y sus ronquidos se podían oír desde la calle. A esa misma hora, más o menos, la calma descendía sobre las tiendas y resultaba agradable recorrer las calles interiores del camping, estrechas, cubiertas de grava, con la linterna apagada y sin más preocupación que escuchar las propias pisadas. Hasta esa hora el Carajillo y yo nos sentábamos en la banca de madera, junto a la puerta principal, hablando y recibiendo las buenas noches de los desvelados y de los juerguistas. A veces debíamos transportar hasta su tienda a algún borracho. El Carajillo abría la marcha, pues siempre sabía en dónde acampaba cada persona, y yo lo seguía con el cliente sobre mis espaldas. En ocasiones recibíamos propinas por éstos y otros servicios, generalmente no nos daban ni las gracias.