Sintió la amenaza de las lágrimas y tuvo que carraspear.

– Al fallecer, ayudé a mi padre en la tienda. Él nunca dejó de lamentar la pérdida de mi madre. El invierno pasado sufrió un ataque fatal al corazón. Desde entonces llevo el negocio. Eso es todo -la compasión que vio en sus ojos la impulsó a apartar la vista.

– Has tenido que enfrentarte a mucho dolor. Lo siento

– Está bien -giró la cabeza-. Lo peor ha quedado a mi espalda. Cuando pienso en la situación de Sarah, sé que no puedo quejarme de nada.

– Pensaba lo mismo. Por ende, ahora que somos buenos amigos… -le guiñó un ojo-… he de decirte que estoy muerto de hambre. ¿Qué te parece si me invitas a vuestro festín de Navidad?

– ¿Qué festín? -parpadeó.

– El que pude oler en cuanto me abriste la puerta. Desde entonces se me hace la boca agua.

– Me temo que es solo carne asada.

– ¿Te contó Julia que es mi plato favorito?

No supo si él bromeaba, pero un soltero empedernido jamás dejaba de ser sospechoso de tender trampas a las mujeres.

– Por desgracia nuestras conversaciones jamás fueron tan detalladas. Lo que sí me contó una y otra vez es que estás tan en contra del matrimonio como yo de volver a relacionarme con un hombre.

– Eso está bien -sonrió-. Significa que al fin ha dejado de hacer de Cupido.

– Conmigo también lo intentó sin éxito varias veces en el pasado -asintió-. No creerás que esta noche te envió aquí adrede con la esperanza de que pudiera suceder algo entre nosotros, ¿verdad? -sin motivo aparente, disfrutaba mucho provocándolo.

– Me temo que la idea de venir a verte fue solo mía, pero no me cabe duda de que ya ha planeado nuestra boda.

– Si conozco a Julia, es probable que ya haya calculado los hijos que vamos a tener y dónde vamos a vivir -con falsa dulzura, añadió-: Tendrás que perdonar a tu prima. Kyle y ella aún son recién casados, ciegos a los reveses del romance.



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