Dominada por el pánico, giró en redondo y estuvo a punto de desmayarse por el alivio al ver que aún seguía cerrada.

– ¿Sarah? ¿Dónde estás, cariño?

– Aquí -una voz llena de miedo sonó desde la despensa próxima a la entrada posterior.

Despacio, Brooke abrió la puerta. Sarah estaba escondida detrás de la aspiradora, pero se veía la punta de una bota. Experimentó otra punzada de dolor al pensar en los abusos que debió haber padecido esa niña adorable.

– Está bien, cariño. Charlie se ha ido lejos. Ya puedes salir. Mi amigo Vance va a pasar la Nochebuena con nosotras. Es muy agradable.

– También narro cuentos -dijo una voz masculina detrás de Brooke. Ella pudo sentir el calor de su duro cuerpo varonil hasta las mismas entrañas-. De hecho, tengo una historia especial de Navidad que siempre le cuento a mis sobrinos.

La ternura en su voz avivó las emociones de Brooke. Fue obvio que también provocó una reacción similar en Sarah. Al rato las botitas rojas se apartaron de la aspiradora y la pequeña se levantó.

– ¿De qué es la historia?

– De un árbol solitario que crece en el bosque.

– ¿Y por qué estaba solo? -dio un paso confiado adelante.

– Una gran tormenta de nieve como la de esta noche arrancó los demás árboles y lo dejó solo sobre la montaña.

– ¿Y qué hizo?

Brooke contuvo las lágrimas y tuvo ganas de oír la respuesta. La voz y la historia de Vance habían desterrado el miedo de Sarah.

– ¿Por qué no nos sentamos a la mesa? Entonces te contaré el resto. El problema es que huelo la carne que ha preparado Brooke y estoy hambriento. Es mi plato favorito.

– También el mío -Sarah sonrió.

– ¿Me habéis guardado algo?

– ¿Lo hemos hecho? -la pequeña se lo preguntó, a Brooke con ansiedad y le aferró la mano.

– Creo que hay suficiente -la ternura de la niña le conmovió el corazón-, si no, lo atiborraremos a galletitas.

– Son buenas. En especial con la mermelada de fresa que preparó la misma Brooke.



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