– Ya hemos llegado; aquí estaremos a salvo.

Sacó las llaves y abrió la puerta. Un bendito calor las envolvió al cerrar con el pie, para luego encender las luces y correr por el interior hasta la cocina que había en la parte de atrás.

Un conducto de aire del horno atravesaba el suelo. Acercó una silla allí y sentó a la pequeña. Luego se dirigió a la otra sala a buscar una manta térmica.

Cuando regresó a la cocina, el llanto histérico se había convertido en unos gemidos. A la niña le castañeteaban los dientes. Brooke se puso de rodillas y le quitó las zapatillas gastadas. Después de sacarle el chubasquero, la rodeó con la manta y comenzó a frotarle los pies helados al tiempo que les aplicaba una suave presión.

– ¿Cómo te llamas, cariño? -la nieve aún no se había derretido de su pelo castaño oscuro y revuelto.

– Sa… Sarah.

– ¿Sarah qué?

– No lo sé -se frotó los ojos con el dorso de la mano.

Horrorizada por esa revelación, Brooke quiso ir tras el hombre responsable y estrangularlo. Pero su primera prioridad era proporcionarle a esa niña el cuidado que necesitaba.

– Voy a prepararte un chocolate caliente. ¿Te apetece?

Entre sollozos, no supo si había respondido que sí o que no. No importaba. Se levantó de un salto, mezcló chocolate instantáneo con agua y lo calentó en el microondas.

Una vez listo, acercó la taza a los labios de la pequeña y le dijo que bebiera. Para su alivio, Sarah sostuvo la taza con sus manos y se lo bebió todo. No solo tenía sed; ¡estaba muerta de hambre!

– Apuesto que te ha gustado -la niña asintió-. ¿Dónde está tu mamá?

– Charlie dice que no tengo ma… mamá.

– ¿Quién es Charlie?

– Estaba furioso porque el coche se paró -mientras hablaba, Brooke detectó un leve acento sureño. La pequeña se hallaba muy lejos de casa-. Cuando él bajó, yo salí por la puerta y escapé -le tembló el labio inferior-. Ha… hacía frío en la nie… nieve. No… no podía ver -se puso a llorar otra vez. Unas lágrimas enormes cayeron de sus ojos azules.



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