
Brooke sintió un nudo en la garganta. El corazón se volcó en la pequeña. La rodeó con los brazos y la consoló.
– Voy a cuidar de ti. Todo saldrá bien.
– ¿Crees que Charlie me buscará?
– No lo sé.
– Se pondrá furioso y me pegará cuando me encuentre. No dejes que me encuentre -suplicó.
Al instante Brooke supo que no se trataba de un juego ni de una exageración infantil… la pequeña decía la verdad. Tuvo que morderse la lengua antes de responder.
– Jamás volverá a acercarse a ti. ¿Me crees? -la abrazó-. Se está bien aquí, ¿verdad? -con desesperación intentó cambiar de tema.
– Sí.
– ¿Quieres unas galletitas?
– Sí.
Alargó la mano hacia la caja que había quedado del almuerzo y la depositó en el regazo de la niña.
– Come todas las que quieras mientras yo voy al otro cuarto a hacer una llamada de teléfono.
– ¡No me dejes! -gritó con pánico.
Demasiado tarde Brooke comprendió su error. La alzó en brazos con las galletitas y la llevó a la parte delantera de la tienda. Después de sentarla sobre el mostrador, levantó el auricular y marcó el número de la policía.
– ¿Julia? -preguntó al oír la voz de su amiga-. ¿Cómo es que estás de servicio esta noche? Pensé que nos íbamos a reunir en la fiesta de los Garnett.
– Y así es, pero Ruth me pidió si podía suplirla hasta las nueve. Iba a llamarte para decirte que te reunieras con Kyle y conmigo después.
– Me temo que no iré. Ha surgido una emergencia.
– Cuéntame qué sucede.
De pronto su amiga se convirtió en la profesional que era. En cuanto oyó la historia de Brooke, le dijo que se llevara a la pequeña a casa con ella, que en uno o dos días enviaría a un agente a comenzar la investigación.
