
Volvieron a llamar a la puerta. Si se tratara de algún vecino o de Julia, habría llamado y hecho mucho ruido.
Se acercó a la ventana para averiguar de quién se trataba, pero la nieve seguía cayendo con fuerza, lo que le imposibilitó ver nada más allá del cristal.
– ¿Quién es? -llamó.
– El marshal McClain.
McClain. McClain…
Ese era el nombre del primo de Julia, que era un marshal federal. ¿Qué estaría haciendo en West Yellowstone en Nochebuena? Quizá no había oído correctamente.
Según Julia, la labor de los marshal era diferente de la de la policía o los patrulleros estatales. Pensó que Charlie podía hallarse del otro lado de la puerta haciéndose pasar por un agente de la ley.
– Me han informado de que encontró a una niña abandonada en la ciudad. Me gustaría hablar con las dos.
Su voz profunda poseía una cualidad sedosa, que despertó aún más las sospechas de Brooke.
Con el rifle listo, encendió la luz del porche y abrió despacio la puerta. Tuvo que alzar mucho la vista para ver un par de ojos azules bajo el borde del ala de un sombrero de marshal que la observaban con una intensidad que le quitó el aliento. Igual que el resto de sus facciones marcadas y su magnífico físico masculino enfundado en un completo uniforme de invierno. La placa brilló bajo el resplandor de las luces navideñas.
Le mostró la cartera con su identificación.
– Feliz Navidad también para ti, Brooke Longley -su boca dura y varonil sonrió de forma provocadora.
– ¡Eres el primo de Julia! Cuando dijiste tu nombre, pensé que había oído mal, porque ella me contó que no trabajabas en esta zona.
