Ivory no contestó. Vackeers cerró la puerta del apartamento, entró en el ascensor y pulsó el botón de la planta baja. Sus pasos resonaron sobre las baldosas del vestíbulo, tiró de la pesada puerta cochera y cruzó la calle.

Hacía una noche agradable, Vackeers tomó por el quai de Orleans y se volvió para mirar la fachada del edificio; en la quinta planta, las luces del salón de Ivory acababan de apagarse. Se encogió de hombros y siguió su paseo. Cuando dobló la esquina de la calle Le Regrattier, dos rápidas ráfagas lo guiaron hacia un Citroën aparcado junto a la acera. Vackeers abrió la puerta y se acomodó en el asiento del copiloto. El conductor llevó la mano a la llave de contacto, pero Vackeers lo interrumpió.

– Esperemos un momento, si no le importa.

Los dos hombres guardaron silencio. El que estaba al volante se sacó una cajetilla de tabaco del bolsillo, se llevó un cigarro a los labios y encendió una cerilla.

– ¿Qué le interesa tanto como para que nos quedemos aquí?

– Esa cabina, la que tenemos delante.

– Pero ¿qué dice? No hay ninguna cabina por aquí.

– Haga el favor de apagar su cigarrillo.

– ¿De repente le molesta el tabaco?

– El tabaco no, pero la punta incandescente de su cigarrillo, sí.

Un hombre avanzaba por el muelle y se acodó en el parapeto.

– ¿Es Ivory? -preguntó el conductor de Vackeers.

– ¡No, el papa!

– ¿Habla solo?

– Habla por teléfono.

– ¿Con quién?

– ¿Usted es así de tonto o se lo hace? Si sale de su casa en plena noche para llamar desde la calle, seguramente lo hace para que nadie sepa con quién habla.

– Entonces ¿de qué sirve que nos quedemos aquí vigilándolo si no podemos escuchar su conversación?

– Me sirve a mí para comprobar una intuición.

– ¿Y podemos irnos ya, ahora que la ha comprobado?

– No, lo que va a ocurrir a continuación también me interesa.



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