– Ah, ¿porque tiene usted una idea de lo que va a ocurrir a continuación?

– ¡Cuánto habla usted, Lorenzo! En cuanto cuelgue, tirará la tarjeta de su móvil al Sena.

– ¿Y piensa arrojarse al río para recuperarla?

– Mi pobre amigo, de verdad es usted tonto de capirote.

– ¿Y si en lugar de insultarme me explica usted a qué estamos esperando?

– Ahora mismo lo descubrirá.

Londres

Sonó el teléfono en un pequeño apartamento de Old Brompton Road. Walter se levantó de la cama, se puso el batín y entró en el salón.

– ¡Voy, voy! -gritó mientras se dirigía al velador donde estaba el aparato.

Reconoció en seguida la voz de su interlocutor.

– ¿Nada todavía?

– No, señor, he llegado de Atenas esta tarde. Sólo lleva allí cuatro días, espero que pronto tengamos buenas noticias.

– Yo también lo espero, pero no puedo evitar estar preocupado, no he pegado ojo en toda la noche. Me siento impotente, y es algo que detesto.

– Para serle sincero, señor, yo tampoco he dormido mucho estos últimos días.

– Según usted, ¿está en peligro?

– Me dicen que no, que hay que tener paciencia, pero me duele verlo así. El diagnóstico es reservado, se ha salvado por muy poco.

– Quiero averiguar si hay alguien detrás de esto. Voy a investigar. ¿Cuándo regresa usted a Atenas?

– Mañana por la noche, pasado mañana como muy tarde si no consigo zanjar todas las cosas que tengo pendientes en la Academia.

– Llámeme en cuanto llegue y, mientras tanto, trate de descansar un poco.

– Usted también, señor. Hasta mañana, espero.

París

Ivory tiró al río la tarjeta de su móvil y volvió sobre sus pasos. Vackeers y su conductor se encogieron en sus asientos, por puro reflejo, pero a esa distancia era poco probable que aquel al que observaban pudiera verlos. La silueta de Ivory desapareció al doblar la esquina.



19 из 343