– Bueno, ¿qué?, ¿podemos irnos ya? -preguntó Lorenzo-. Llevo ya un buen rato aquí aburrido y tengo hambre.

– No, todavía no.

Vackeers oyó el ronroneo de un motor que acababa de arrancar. Dos faros barrieron el muelle. Un coche se detuvo en el lugar que ocupaba Ivory unos segundos antes. Salió un hombre y avanzó hasta el parapeto. Se inclinó para observar la orilla, luego se encogió de hombros y volvió a su coche. Con un chirrido de neumáticos, el vehículo se alejó.

– ¿Cómo lo sabía? -preguntó Lorenzo.

– Tenía un mal presentimiento. Y ahora que he visto la matrícula del coche, es aún peor.

– ¿Qué pasa con esa matrícula?

– ¿Lo hace a propósito o se está esforzando por alegrarme la noche? Ese vehículo pertenece al cuerpo diplomático inglés, ¿tengo que hacerle un dibujo?

– ¿Sir Ashton manda seguir a Ivory?

– Me parece que por esta noche ya he visto y oído bastante, ¿sería usted tan amable de llevarme a mi hotel?

– Mire, Vackeers, ya está bien, no soy su chófer. Me ha pedido que me quedara vigilando en este coche diciéndome que se trataba de una misión importante, me he pasado aquí dos horas pelándome de frío mientras usted saboreaba un coñac tan a gusto y tan calentito en el salón de su amigo, y todo lo que he podido comprobar es que éste, por no sé qué razón, ha ido a tirar una tarjeta de móvil al río, y que un coche de los servicios consulares de Su Majestad, que lo estaba espiando, le ha visto hacer ese gesto cuyo alcance aún se me escapa. Así que o me explica de qué va todo esto, o se vuelve usted andando a su hotel.

– ¡Dada la oscuridad en la que parece estar sumido, mi querido Roma, trataré de abrirle los ojos! Si Ivory se toma la molestia de salir a medianoche para ir a llamar por teléfono fuera de su casa, es porque toma ciertas precauciones. Si los ingleses vigilan su edificio es porque el asunto que nos ha tenido ocupados estos últimos meses no está tan zanjado como todos queríamos pensar. ¿Hasta aquí me sigue?



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