
La vida está llena de extrañas casualidades: Adrian había conocido en el pasado a esta joven arqueóloga, Keira; habían vivido un amor de verano, pero no habían vuelto a verse desde entonces.
Ella celebraba su victoria, y él, su fracaso. Pasaron la noche juntos, y Keira se marchó por la mañana, dejándole a Adrian el recuerdo reavivado de un antiguo idilio y un extraño colgante que la joven se había traído de África: una especie de piedra que un niño etíope, Harry, al que Keira había acogido y por el que sentía un gran apego, había hallado en el cráter de un volcán.
Una vez que se hubo marchado Keira, Adrian descubrió, una noche de tormenta, que dicho colgante tenía asombrosas propiedades. Cuando algún tipo de luz intensa, como la de un rayo, por ejemplo, lo golpea de lleno, proyecta millones de puntitos luminosos.
Adrian no tardó en comprender de qué se trataba. Por extraño que pueda parecer, esos puntos corresponden a un mapa de la bóveda celeste, pero no uno cualquiera: un fragmento del cielo, una representación de las estrellas tal y como se encontraban encima de la Tierra hace cuatrocientos millones de años.
Ansioso por compartir este extraordinario descubrimiento con Keira, Adrian se marchó al valle del Omo para reunirse con ella.
Por desgracia, Adrian y Keira no eran los únicos interesados en ese extraño objeto. Con ocasión de un viaje a París para visitar a su hermana, Keira conoció a un viejo profesor de etnología, un tal Ivory. Este hombre se puso en contacto conmigo y acabó convenciéndome, de la manera más vil, lo reconozco, de animar a Adrian a seguir investigando sobre dicho objeto.
A cambio de mis servicios, me entregó una pequeña cantidad de dinero y me prometió que haría una generosa donación a la Academia si Adrian y Keira llegaban a buen puerto en sus investigaciones. Acepté el trato. Yo entonces ignoraba que Adrian y Keira eran perseguidos por una organización secreta que, al contrario que Ivory, quería evitar a toda costa que alcanzaran su objetivo y encontraran otros fragmentos.
