
– No me tome por más tonto de lo que soy -dijo Lorenzo mientras ponía el motor en marcha.
El coche enfiló el quai de Orleans y cruzó el Pont Marie.
– Si Ivory se muestra tan prudente es porque nos lleva un par de vueltas de ventaja -prosiguió Vackeers-. Y yo que pensaba haberle ganado la partida esta noche… Decididamente, siempre me sorprenderá.
– ¿Qué piensa hacer?
– Por ahora, nada, y ni una palabra sobre lo que ha visto esta noche. Es demasiado pronto. Si avisamos a los demás, cada uno se pondrá a intrigar por su cuenta, como ya ocurrió en el pasado, y ya nadie confiará en nadie. Sé que puedo contar con Madrid. Y usted, Roma, ¿de qué lado estará?
– Por ahora, me parece que estoy a su izquierda, lo que en parte debería responder a su pregunta, ¿no?
– Tenemos que localizar cuanto antes a ese astrofísico. Apuesto a que ya no está en Grecia.
– Vaya a interrogar a su amigo. Si le aprieta las tuercas, quizá desembuche.
– Sospecho que él tampoco sabe mucho más que nosotros, debe de haberle perdido el rastro. Estaba distraído, pensando en otra cosa. Lo conozco desde hace demasiado tiempo como para no darme cuenta de las cosas, tiene que estar tramando algo. ¿Sigue teniendo acceso a sus contactos en China? ¿Puede recurrir a ellos?
– Todo depende de lo que se espere de ellos y de lo que estemos dispuestos a darles a cambio.
– Trate de enterarse de si nuestro querido Adrian ha aterrizado hace poco en Pekín, si ha alquilado un coche y si, por suerte para nosotros, ha utilizado su tarjeta de crédito para sacar dinero, pagar la factura de un hotel o lo que sea.
No volvieron a intercambiar palabra. París estaba desierto y Lorenzo dejó a Vackeers diez minutos más tarde delante del hotel Montalembert.
– Haré lo que pueda con los chinos, pero yo también voy a querer algo a cambio -dijo al tiempo que aparcaba el coche.
