
– Esperemos a ver los resultados antes de entregarme la factura, mi querido Roma. Hasta pronto y gracias por el paseo.
Vackeers se apeó del Citroën y entró en el hotel. Le pidió la llave al empleado de la recepción, éste se inclinó detrás de su mostrador y le entregó también un sobre.
– Han dejado esta carta para usted, señor.
– ¿Cuánto hace de eso? -preguntó Vackeers, extrañado.
– Me la ha entregado un taxista hará apenas unos minutos.
Intrigado, Vackeers se alejó hacia el ascensor. Esperó a estar en su suite, en la cuarta planta del hotel, para abrir la carta.
Querido amigo:
Por desgracia, me temo que no podré aceptar su amable invitación para reunirme con usted en Amsterdam. No es que no tenga ganas de visitarlo, ni de resarcirlo por mi comportamiento de esta noche en nuestra partida de ajedrez, pero como bien sospechaba usted, hay ciertos asuntos que me retienen en París.
Espero no obstante volver a verlo muy pronto. De hecho, estoy convencido de que así será.
Suyo afectísimo,
Ivory
P. S.: En cuanto a mi pequeño paseo nocturno, me tenía usted acostumbrado a algo más de discreción. ¿Quién fumaba a su lado en ese bonito Citroën negro, o tal vez fuera azul marino? Cada día veo peor…
Vackeers volvió a doblar la carta y no pudo contener una sonrisa. Se le hacía pesada tanta monotonía. Lo sabía, esta operación sería probablemente la última de su carrera, y la idea de que Ivory hubiera encontrado el modo, fuese cual fuera, de volver a poner las cosas en marcha no le disgustaba en absoluto, al contrario. Vackeers se sentó ante el pequeño escritorio de su suite, descolgó el auricular y marcó un número de teléfono en España. Pidió disculpas a Isabel por molestarla a una hora tan tardía, pero tenía motivos para pensar que había ocurrido algo nuevo e inesperado, y lo que quería decirle no podía esperar hasta el día siguiente.
