Mianyang, China

Me he despertado muy temprano por la mañana. La anciana que me ha velado toda la noche está dormida en un gran sillón. Aparto la manta con la que me ha tapado y me incorporo. La mujer abre los ojos, me dirige una mirada afectuosa y se lleva el dedo a los labios, como para pedirme que no haga ruido. Luego se levanta y va a buscar una tetera. Un biombo separa la habitación en la que estamos del restaurante. A mi alrededor, descubro al resto de los miembros de la familia, que duermen sobre colchones en el sucio. Junto a la única ventana de la habitación hay dos hombres de unos treinta años. Reconozco al que me sirvió la cena anoche, y el otro debe de ser su hermano, que estaba ocupado en los fogones. Su hermana pequeña, de unos veinte años, sigue durmiendo en un camastro junto a la estufa de carbón; el marido de mi anfitriona improvisada descansa tendido sobre una mesa, con una almohada bajo la cabeza y una manta que lo cubre hasta los hombros. Lleva un jersey y una chaqueta de lana gruesa. Yo ocupo el sofá cama que la pareja abre cada noche para dormir en él. Cada noche, esta familia aparta unas cuantas mesas del restaurante para transformar la sala interior en dormitorio. Me da un apuro tremendo haber irrumpido así en su intimidad, si es que se puede hablar de intimidad en esas condiciones. ¿Quién, donde yo vivo en Londres, habría renunciado así a su cama para cedérsela a un desconocido, y encima extranjero?

La anciana me sirve un té ahumado. Sólo podemos comunicarnos por gestos.

Cojo la taza y salgo sin hacer ruido. Ella cierra el biombo detrás de mí.

El paseo está desierto, avanzo hasta el parapeto que bordea el río y contemplo la corriente que fluye hacia el oeste. Las aguas están envueltas en una bruma matinal. Una pequeña embarcación similar a un junco se desliza despacio por ellas. Desde la proa, el barquero me hace un gesto de saludo, que me apresuro a devolverle.



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