
Tengo frío, me meto las manos en los bolsillos y siento la fotografía de Keira bajo mis dedos.
¿Por qué se me viene a la mente, en ese momento preciso, la memoria de nuestra noche en Nebra? Recuerdo esa noche que pasamos juntos, una noche desde luego movidita, pero que nos acercó tanto.
Un poco más tarde me marcharé al monasterio de Garther, no sé cuánto tardaré en llegar, ni cómo conseguiré entrar, pero qué importa, es la única pista que tengo para encontrarte… si todavía estás viva.
¿Por qué me siento tan débil?
Una cabina telefónica en el paseo, a pocos pasos de mí. Tengo ganas de oír la voz de Walter. La cabina tiene un aire kitsch de los años setenta. El aparato acepta tarjetas de crédito. Nada más marcar el número, oigo la señal de que la línea está ocupada; debe de ser imposible llamar a un país extranjero desde ese lugar. Tras dos nuevos intentos, al final renuncio.
Es hora de dar las gracias a la familia que me ha cuidado, pagar la cuenta de la cena de anoche y reemprender camino. No quieren que les pague, les doy las gracias mil veces y me despido de ellos.
Un poco antes de mediodía llego por fin a Chengdu. Es una gran urbe con mucha contaminación, una ciudad agitada y agresiva. Sin embargo, entre los rascacielos y los grandes complejos inmobiliarios, todavía siguen en pie algunas casitas pequeñas y destartaladas. Busco cómo llegar hasta la estación de autobuses.
Jinli Street, lugar de reunión de todos los turistas; quizá tenga la suerte de cruzarme con algún compatriota que pueda indicarme.
En el parque Nanjiao la flora es hermosa, unas barcas como de otra época navegan apaciblemente en un lago a la sombra de melancólicos sauces.
Me fijo en una pareja joven cuyo aspecto me hace pensar que pueden ser americanos. Son estudiantes y me explican que han venido a mejorar su formación en Chengdu en el marco de un programa universitario de intercambio.
