Veinte kilómetros más lejos, el autocar se detiene ante un puente de madera que cuelga de dos cables de acero en muy mal estado. El conductor ordena bajar, a todos los pasajeros, hay que aligerar el vehículo para reducir los riesgos. Miro por la ventanilla el barranco que tenemos que cruzar y alabo la prudencia de nuestro conductor.

Sentado como estoy al fondo del autobús, soy el último en salir. Me levanto, ya casi no quedan pasajeros. Con el pie, descorro la varilla de bambú que cierra la puerta de la jaula donde se agitan los patos, abandonados a su suerte. Su libertad está al fondo de este pasillo, a la derecha; también pueden optar por atajar pasando por debajo de los asientos, ellos verán lo que hacen. Los tres patos me siguen alegremente. Cada uno elige un camino, uno va por el pasillo, otro por la hilera de asientos de la derecha, y el tercero ataja por la izquierda; sólo espero que me dejen salir antes, ¡si no me acusarán de complicidad en su evasión! Después de todo, qué más da, su dueña ya está en el puente, agarrada a la barandilla, y avanza con los ojos semicerrados para combatir el vértigo.

Yo no lo hago mucho mejor que ella. Una vez cruzado el puente, los pasajeros se entregan con gusto a la tarea de guiar, entre gritos y aspavientos, a su valiente conductor; éste avanza muy despacio sobre las tablas de madera, que se balancean a su paso. Se oyen inquietantes crujidos, los cables chirrían, el piso de madera se tambalea peligrosamente pero resiste, y, quince minutos después, todo el mundo puede volver a sus asientos. Menos yo. He aprovechado la ocasión para ocupar el sitio que se ha quedado libre en la segunda fila. El autobús se pone en marcha de nuevo, faltan dos patos; el tercero, por desgracia, aparece en mitad del pasillo y, como un tonto, corre a abrazarse a las pantorrillas de su dueña.



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