
Cuando dejamos atrás Dashencun no puedo contener una sonrisa mientras mi antigua vecina recorre el pasillo a gatas, buscando en vano a los dos volátiles, que se han volatilizado.
Se despide de nosotros en Duogong, de pésimo humor, pero motivos no le faltan.
Shabacun, Tianquan, una sucesión de ciudades y pueblos jalona el viaje; seguimos el curso de un río, el autocar continúa subiendo hasta alturas vertiginosas. No creo haberme curado del todo pues siento continuos escalofríos. Acunado por el ronroneo del motor, consigo a ratos conciliar el sueño hasta que una sacudida me saca de mi sopor.
A nuestra izquierda, el glaciar de Hailuogou roza las nubes. Nos acercamos al famoso puerto de Zheduo, punto culminante del trayecto. A cerca de 4.300 metros, siento que me late la sangre en las sienes, y me vuelve la migraña. Me pongo a pensar en Atacama. ¿Qué habrá sido de mi amigo Erwan? Hace tanto tiempo que no sé de él. Si no hubiera tenido ese desmayo en Chile hace unos meses, si no hubiera desobedecido las consignas de seguridad que nos habían impuesto, si hubiera hecho caso a Erwan, no estaría ahora aquí y Keira no habría desaparecido en las turbias aguas del río Amarillo.
Recuerdo que, para consolarme, mi madre me dijo en Hydra: «Perder a alguien que uno ha amado es terrible, pero peor sería no haberlo conocido.» Ella pensaba entonces en mi padre, pero la cosa adquiere un sentido muy distinto cuando uno se siente responsable de la muerte de la persona a quien ama.
El lago de Moguecuo refleja en el espejo de sus aguas serenas las cumbres nevadas. Hemos recuperado algo de velocidad al adentrarnos en el valle de Xinduquiao. Al contrario que en el desierto de Atacama, aquí todo es vegetación exuberante. Rebaños de yaks pastan entre la frondosa hierba. Los olmos y los abedules se alternan en esta vasta llanura encajonada en medio de las montañas.
