Hemos descendido por debajo de los cuatro mil metros, y la migraña me da un poco de tregua. Y, de pronto, el autocar se detiene. El conductor se vuelve hacia mí, es mi parada. Aparte de la carretera, no veo más que un camino pedregoso que lleva al monte Gongga Shan. El conductor agita los brazos y masculla unas palabras; deduzco que me pide que continúe con mis reflexiones al otro lado de la puerta de fuelle que acaba de abrir, dejando entrar una corriente de aire gélido.

Con mi equipaje a los pies y las mejillas rígidas de frío, contemplo, tiritando, cómo se aleja mi autobús hasta que desaparece al doblar un recodo.

Estoy solo en esta vasta llanura en la que el viento azota las colinas. Paisajes fuera del tiempo en los que las tierras han adoptado el color de la cebada y de la arena… Pero no veo ni rastro del monasterio que busco. Será imposible pasar la noche al raso sin morir congelado. Tengo que caminar. ¿Hacia dónde? No tengo ni idea, pero no hay más salvación que avanzar para resistir al entumecimiento que provoca el frío.

Con la esperanza absurda de huir para adelantarme a la noche, corro a zancadas cortas, de cerro en cerro, en dirección al sol poniente.

A lo lejos diviso la lona negra de una tienda de nómadas, como una providencia divina.

En mitad de esa inmensa llanura, una niña tibetana viene hacia mí. Tendrá unos tres años, tal vez cuatro, no levanta tres palmos del suelo pero tiene las mejillas rojas como manzanas, y le brillan los ojos. El desconocido que soy no la asusta, y nadie parece temer nada por ella, es libre de ir donde le apetezca. Se echa a reír, le divierte mi diferencia, y su risa resuena en todo el valle. Abre los brazos de par en par, echa a correr hacia mí, se detiene a unos metros y vuelve con los suyos. Un hombre sale de la tienda y viene a mi encuentro. Le tiendo la mano, él junta las suyas, se inclina y me invita a seguirlo.

Unos grandes trozos de lona negra sostenidos por estacas de madera forman una carpa. En el interior, la vivienda es amplia. En un hornillo de piedra en el que crepita leña bien seca, una mujer prepara una especie de guiso de carne cuyo aroma impregna todo el espacio. El hombre me indica con un gesto que me siente, me sirve un vasito de alcohol de arroz y brinda conmigo.



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