
Comparto la cena de esta familia nómada. Sólo interrumpen el silencio las carcajadas de la niña de mejillas rojas como manzanas. Al final se duerme, acurrucada en el regazo de su madre.
Al anochecer, el nómada me lleva fuera de la tienda. Se sienta en una piedra y me ofrece un cigarro que ha liado él mismo. Juntos, miramos el cielo. Hacía tiempo que no lo había contemplado así. Distingo una de las constelaciones más hermosas que nos regala el otoño, al este de Andrómeda. La señalo con el dedo y se la nombro a mi anfitrión. «Perseo», digo en voz alta. El hombre sigue mi mirada y repite «Perseo»; se ríe con las mismas carcajadas que su hija, una risa viva como los destellos que iluminan la bóveda celeste por encima de nosotros.
He dormido en su tienda, al amparo del frío y del viento. Al amanecer, le tiendo mi notita a mi anfitrión; no sabe leer y no le presta ninguna atención; el sol ya se levanta, y tiene mucho que hacer.
Mientras lo ayudo a recoger leña, me aventuro a articular la palabra «Garther», cambiando mil veces la pronunciación con la esperanza de encontrar la que despierte en él alguna reacción. Pero es inútil, permanece imperturbable.
Después de la leña, nos toca ir a acarrear agua. El nómada me tiende un odre vacío, se pasa otro por encima del hombro y me enseña cómo colocarlo; luego tomamos por una pista que va hacia el sur.
Hemos caminado dos horas por lo menos. Desde lo alto de la colina, distingo un río que fluye entre las hierbas altas. El nómada llega hasta allí mucho antes que yo. Cuando lo alcanzo, él ya se está bañando. Me quito la camisa y me zambullo a mi vez. La temperatura del agua me hiela la sangre en las venas, este río debe de nacer en uno de los glaciares que se ven a lo lejos.
