
El nómada mantiene el odre debajo del agua. Imito sus gestos, las dos bolsas se inflan, y a mí me cuesta mucho llevar la mía hasta la orilla.
De vuelta en tierra firme, arranca una mata de hierbas con la que se frota vigorosamente el cuerpo. Una vez seco, se vuelve a vestir y se sienta para descansar un poco. «Perseo», dice el nómada, levantando el dedo al cielo. Luego su mano me señala un meandro del río, a varios centenares de metros de nosotros en dirección al valle. Unos veinte hombres se están bañando allí, mientras otros cuarenta aran la tierra, cada uno de ellos empuja una reja y traza largos surcos perfectamente rectilíneos. Todos visten los mismos hábitos, que reconozco en seguida.
– ¡Garther! -dice con un hilo de voz mi compañero de fatigas.
Le doy las gracias, y cuando ya me disponía a lanzarme hacia los monjes, el nómada se pone en pie y me agarra del brazo. Su semblante se ha ensombrecido. Con un gesto de cabeza, me indica que no vaya. Me tira de la manga y me enseña el camino de vuelta. Puedo leer el miedo en su rostro, de modo que obedezco y echo a andar colina arriba, detrás de él. En lo alto, me vuelvo hacia los monjes. Los que antes se estaban bañando en el río han vuelto a vestir sus túnicas y están ahora trabajando, trazan extraños surcos, que oscilan como las curvas de un gigantesco electrocardiograma. Al bajar la otra ladera del cerro, los monjes desaparecen de mi vista. En cuanto pueda, abandonaré a mi anfitrión y volveré a ese vallejo.
Si bien esta familia de nómadas me acoge con generosidad, como es su costumbre, tengo que merecerme mi ración cotidiana de alimento.
La mujer ha salido de la tienda y me ha llevado hasta el rebaño de yaks que pasta en un campo. No le he prestado ninguna atención al recipiente que llevaba al hombro, mientras canturreaba, hasta el momento en que se arrodilla delante de uno de esos extraños cuadrúpedos y empieza a ordeñarlo. Un momento más tarde, me cede el sitio, debe de juzgar que la lección ha durado lo suficiente. Me deja ahí, y la mirada que le echa al cubo al irse me da a entender que no debo volver hasta que esté bien lleno.
