
El día llega a su fin, miro el sol, anochecerá dentro de una hora como mucho. No pienso en nada más que en dar esquinazo a mis amigos nómadas para ir a ver lo que ocurre en el valle de abajo. Quiero seguir a esos monjes cuando emprendan el regreso hacia su monasterio. Pero el hombre que me ha acogido en su tienda vuelve justo cuando estoy enfrascado en estos pensamientos. Besa a su mujer, levanta a su hija del suelo y la abraza antes de entrar en la tienda. Sale un poco después, aseado, y me sorprende, pues me había quedado un poco apartado de los demás, con la mirada fija en el horizonte. Viene a sentarse a mi lado y me ofrece uno de sus cigarrillos. Lo rechazo con un gesto de agradecimiento. Enciende el suyo y mira a su vez la cima de la colina, en silencio. No sé por qué, pero de pronto me apetece enseñarle tu rostro. Probablemente porque te echo tanto de menos que me falta el aire, porque es una buena excusa para volver a mirar tu fotografía. Es lo más valioso que tengo y que puedo compartir con él.
La saco del bolsillo y se la enseño. Me sonríe al devolvérmela. Luego exhala una larga bocanada de humo, aplasta la colilla entre los dedos y se va.
Al anochecer, compartimos un guiso de carne con las otras dos familias que se nos han unido. La niña se sienta a mi lado, ni a su padre ni a su madre parece molestarles nuestra complicidad. Al contrario, su madre le acaricia el pelo y me dice el nombre de la niña. Se llama Rhitar. Más adelante me enteraré de que se llama así a un hijo cuando el anterior muere, para conjurar la mala suerte. Y si Rhitar se ríe tanto y tan alegremente, ¿no será para borrar la pena de un drama acontecido antes de nacer ella, o para recordarles a sus padres que ha devuelto la dicha a la familia? Rhitar se ha quedado dormida en brazos de su madre y, hasta en lo que me parece un sueño profundo, sonríe.
