
Una vez terminada la cena los hombres se ponen unos pantalones amplios, y las mujeres desatan las mangas rectas de sus túnicas, dejando que se agiten al viento. Se cogen de la mano para formar un círculo, los hombres por un lado y las mujeres por otro. Todos cantan, las mujeres agitan las mangas, y, cuando el canto cesa, los bailarines sueltan un gran grito a coro. Y entonces vuelven a girar en sentido contrario, y el ritmo se acelera. Corren, saltan, gritan y cantan hasta caer rendidos. Me invitan a unirme a esta alegre danza, y yo me dejo llevar por la embriaguez del alcohol de arroz y del baile tibetano.
Una mano me sacude el hombro, abro los ojos y reconozco en la penumbra el rostro del nómada que me ha acogido. En silencio, me pide que lo acompañe fuera de la tienda. La luz cenicienta de una noche que llega a su fin baña la inmensa llanura. El nómada ha reunido mi equipaje y lo lleva al hombro. No sé nada de sus intenciones, pero adivino que me conduce allí donde se separan nuestros caminos. Hemos tomado por la misma pista que el día anterior. No pronuncia una sola palabra en todo el viaje. Caminamos durante una hora y, cuando llegamos a la cima de la colina más alta, gira a la derecha. Cruzamos un sotobosque de olmos y avellanos del que parece conocer cada sendero, cada pendiente. Cuando salimos, aún no ha despuntado el alba. Mi guía se tiende en el suelo y me indica que lo imite; me cubre con hojas secas y con mantillo, y me enseña cómo camuflarme. Permanecemos así en silencio, como dos vigías, pero no sé qué es lo que vigilamos. Me imagino que me habrá llevado con él para hacer algo de caza furtiva, y me pregunto qué animal será el que quiere cazar si no llevamos armas. Quizá venga a comprobar trampas.
